Que ingenua Sofía pensando que todo iría bien sola, sin nadie a su al rededor.
Dani todavía la esperaba todos los días en la misma farola a la salida del colegio, ella iba remangándose la falda del uniforme y mirando el móvil con ansiedad hasta que encontraba los grandes ojos castaños del chico que más la había querido nunca, entonces ella sonreía y sus dos hoyuelos se transformaban en profundos y adorables agujeros.
Pero su sonrisa se iba apagando, hacía tiempo que ya no era la misma, se iba consumiendo poco a poco como la mecha de la dinamita justo antes de explotar y arrasarlo todo.
Ya nada en su cara era limpio y de verdad, su sonrisa dejaba entrever una enorme tristeza incontenible al fin y al cabo, que comenzaba a desbordar los bordes de su vaso.

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